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"RECIBID EL ESPÍRITU SANTO"
"ID Y ANUNCIAD"
NUESTRA RESPUESTA AL
ESPÍRITU
El
objetivo de la Iglesia no es preservar el pasado:
Siempre será necesario volver a las fuentes para mantener vivo el fuego
del evangelio, pero su objeto no es conservar lo que está desapareciendo
porque ya no responde a los inteRrogantes y
desafíos del momento actual.
La Iglesia no ha
de convertirse en monumento de lo que fue. Alimentar el recuerdo y la
nostalgia del pasado sólo conduciría a una
pasividad y pesimismo poco acordes con el tono que ha de inspirar a la
comunidad de Cristo.
El
objetivo de la Iglesia no es tampoco sobrevivir. Seria indigno de su ser
más profundo. Hacer de la supervivencia el propósito o la orientación
subliminal del quehacer eclesial nos llevaría a la resignación y la
inercia, nunca a la audacia y la creatividad.
`Resignarse'
puede parecer una virtud santa y necesaria hoy, pero puede
también encerrar no poca comodidad y cobardía. Lo más sencillo sería
cerrar los ojos y no hacer nada. Sin embargo, hay mucho que hacer. Nada
menos que esto: escuchar y responder a la acción del Espíritu en estos
momentos.
Propiamente,
tampoco ha de ser el primer propósito configurar el futuro tratando de
imaginar cómo habrá de ser la Iglesia en una época que nosotros no
conoceremos. Nadie tiene una receta para el futuro. Sólo sabemos que el
futuro se está gestando en el presente. Esta generación de cristianos está
decidiendo, en buena parte, el porvenir de la fe entre nosotros. No hemos
de caer en la impaciencia y el nerviosismo estéril buscando “hacer algo”
como sea, de forma apresurada y sin discernimiento. Lo que seamos ahora
mismo los creyentes de hoy, será, de alguna manera, lo que se transmitirá
a las siguientes generaciones.
Lo que se le
pide a la Iglesia de hoy es que sea lo que dice ser: la Iglesia de
Jesucristo. Por decirlo con palabras del evangelio de Juan, lo decisivo es
“permanecer” en Cristo y “dar fruto” ahora mismo, sin dejarnos coger por
la nostalgia del pasado ni por la incertidumbre del futuro.
No es el
instinto de conservación, sino el Espíritu de Jesús Resucitado el que ha
de guiarnos. No hay excusas para no vivir la fe de manera viva ahora
mismo, sin esperar a que las circunstancias cambien. Es necesario
reflexionar, buscar nuevos caminos, aprender formas nuevas de anunciar a
Cristo, pero todo ello ha de nacer de una santidad nueva.
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