“POR LA FORMACIÓN CULTURAL Y ESPIRITUAL

ADECUADA DE LOS PRESBÍTEROS

DE LAS IGLESIAS JÓVENES”. 

 

P. Francisco Ibarmia, OCD             

 

 

Se está produciendo en la Iglesia un fenómeno muy consolador: en las Iglesias de las tierras llamadas, hasta hace poco, de misión, están surgiendo muchas vocaciones para el sacerdocio y para la vida religiosa. Es una buena señal. Si hasta ahora consideraban la religión cristiana como importada, ya la van asimilando y convirtiéndola en algo suyo, algo propio.

Esto hace que tengan menos precauciones para aceptarla, que les interese y la amen más, que la consideren como familiar. Dentro de ella, muchos se sienten llamados a entregarse generosamente a su servicio por el sacerdocio o por la profesión religiosa. Para ello no tienen que salir de su pueblo, de su ambiente. Ni tienen que renunciar a nada importante de su cultura y de sus costumbres ancestrales. Importa mucho que esto lo comprendan bien.

El que se consagra así al servicio de la religión cristiana no se desentiende de su entorno, del ambiente cultural en que vino al mundo y en el cual se desarrolló como niño y como adolescente. No sale de su casa, de su familia.

Ahora existen en esos países seminarios bien montados y dirigidos por personas conscientes de la responsabilidad que ha caído sobre ellas.

A pesar de esas posibilidades de que gozan en sus respectivos países, hay bastantes casos en que se quiere adquirir una formación más amplia y completa. Es que se necesitan profesores para esos centros con un horizonte mental más abierto. Resulta necesario, en algunos casos, enviar a los jóvenes seminaristas o presbíteros a unos cenmt5ros prestigiosos de la Iglesia con el fin de adquirir una formación que podamos llamar de “élite”. Para misiones especiales. De hecho, se procede así. Constatamos que en los grandes centros de formación eclesiástica son ya numerosos los alumnos que proceden de tierras que hasta tiempos muy recientes eran consideradas de misión. Se quiere formar un clero y un grupo de religiosos y religiosas de conocimientos y vida práctica muy sólidos. Que puedan servir de orientadores a los demás fieles.

Todo este trabajo está muy bien, y lo aprobamos. Pero casi todas las empresas buenas suelen implicar algún inconveniente o peligros. Nuestro caso no es una excepción.

Se pueden dar, y de hecho se dan, casos en que los alumnos privilegiados que tienen la suerte de poder estudiar en esos grandes centros lleguen a menospreciar la cultura de su país de origen y también a sus habitantes. Así se sienten superiores a sus compatriotas, se distancian de ellos, se alejan con su lenguaje y con su modo de proceder, del ambiente donde nacieron y se criaron. No quieren volver a aquel ambiente y a aquella cultura.

Este es un peligro real.

La nueva cultura que han conocido les debe servir para comprender y valorar mejor la suya propia. En ella, si la examinan bien, encontrarán muchos valores preciosos. Lo que han de hacer es tratar de “bautizar”, “cristianizar” esa cultura sin destruirla ni abandonarla por estéril y despreciable.

Para realizar esta labor, la formación tanto cultural como espiritual que adquieran, debe ser perspicaz, abierta y amante de los suyo. Es necesario descubrir nuevos valores que quizás no aparezcan con mucho relieve en esa otra cultura, supuestamente más desarrollada, que han conocido. En esta búsqueda, como cristianos que son, han de tener muy presentes los principios del Evangelio cuyos límites marcan la pauta para todos y para todo, pues son para siempre. No pasan de moda.

Es cierto que para llevar a cabo esta obra surgen problemas. No siempre se da en el blanco a la primera. Pero hay que seguir sin desanimarse.

Recordemos las dificultades que los primeros cristianos de cultura semita, hebrea, encontraron al chocar con el mundo helenista. Pero ahora vemos que los sirvió a los creyentes cristianos para configurar su fe y acercarla a la mentalidad griega y romana, y más tarde, a la de los pueblos procedentes del Norte de Europa a los cuales los calificaron de “bárbaros”.

Oremos para que este proceso de asimilación y acomodación del pensamiento cristiano, que nunca se acaba, tenga un buen resultado en las Iglesias jóvenes. Cada país y cada generación tiene sus problemas y la Iglesia tiene que seguir afrontándolos. Así es y ha sido y continuará siéndolo.

 

 

ORACIÓN  

Jesús, tú formaste una pequeña comunidad de seguidores tuyos. Quisiste que hubiera un grupo reducido que te acompañara a todas partes. Dirigiste a ellos, en privado, muchas de tus instrucciones.

Ayuda a los nuevos sacerdotes y rectores de las Iglesias jóvenes a adquirir una formación cultural y espiritual, que les capacite para vivir ellos y enseñar a sus compatriotas, el auténtico camino de tus verdaderos seguidores.

 

 

 

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