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Se está
produciendo en la Iglesia un fenómeno muy consolador: en las Iglesias de
las tierras llamadas, hasta hace poco, de misión, están surgiendo muchas
vocaciones para el sacerdocio y para la vida religiosa. Es una buena
señal. Si hasta ahora consideraban la religión cristiana como importada,
ya la van asimilando y convirtiéndola en algo suyo, algo propio.
Esto
hace que tengan menos precauciones para aceptarla, que les interese y la
amen más, que la consideren como familiar. Dentro de ella, muchos se
sienten llamados a entregarse generosamente a su servicio por el
sacerdocio o por la profesión religiosa. Para ello no tienen que salir de
su pueblo, de su ambiente. Ni tienen que renunciar a nada importante de su
cultura y de sus costumbres ancestrales. Importa mucho que esto lo
comprendan bien.
El que
se consagra así al servicio de la religión cristiana no se desentiende de
su entorno, del ambiente cultural en que vino al mundo y en el cual se
desarrolló como niño y como adolescente. No sale de su casa, de su
familia.
Ahora
existen en esos países seminarios bien montados y dirigidos por personas
conscientes de la responsabilidad que ha caído sobre ellas.
A pesar
de esas posibilidades de que gozan en sus respectivos países, hay
bastantes casos en que se quiere adquirir una formación más amplia y
completa. Es que se necesitan profesores para esos centros con un
horizonte mental más abierto. Resulta necesario, en algunos casos, enviar
a los jóvenes seminaristas o presbíteros a unos cenmt5ros prestigiosos de
la Iglesia con el fin de adquirir una formación que podamos llamar de “élite”.
Para misiones especiales. De hecho, se procede así. Constatamos que en los
grandes centros de formación eclesiástica son ya numerosos los alumnos que
proceden de tierras que hasta tiempos muy recientes eran consideradas de
misión. Se quiere formar un clero y un grupo de religiosos y religiosas de
conocimientos y vida práctica muy sólidos. Que puedan servir de
orientadores a los demás fieles.
Todo
este trabajo está muy bien, y lo aprobamos. Pero casi todas las empresas
buenas suelen implicar algún inconveniente o peligros. Nuestro caso no es
una excepción.
Se
pueden dar, y de hecho se dan, casos en que los alumnos privilegiados que
tienen la suerte de poder estudiar en esos grandes centros lleguen a
menospreciar la cultura de su país de origen y también a sus habitantes.
Así se sienten superiores a sus compatriotas, se distancian de ellos, se
alejan con su lenguaje y con su modo de proceder, del ambiente donde
nacieron y se criaron. No quieren volver a aquel ambiente y a aquella
cultura.
Este es
un peligro real.
La nueva
cultura que han conocido les debe servir para comprender y valorar mejor
la suya propia. En ella, si la examinan bien, encontrarán muchos valores
preciosos. Lo que han de hacer es tratar de “bautizar”, “cristianizar” esa
cultura sin destruirla ni abandonarla por estéril y despreciable.
Para
realizar esta labor, la formación tanto cultural como espiritual que
adquieran, debe ser perspicaz, abierta y amante de los suyo. Es necesario
descubrir nuevos valores que quizás no aparezcan con mucho relieve en esa
otra cultura, supuestamente más desarrollada, que han conocido. En esta
búsqueda, como cristianos que son, han de tener muy presentes los
principios del Evangelio cuyos límites marcan la pauta para todos y para
todo, pues son para siempre. No pasan de moda.
Es
cierto que para llevar a cabo esta obra surgen problemas. No siempre se da
en el blanco a la primera. Pero hay que seguir sin desanimarse.
Recordemos las dificultades que los primeros cristianos de cultura semita,
hebrea, encontraron al chocar con el mundo helenista. Pero ahora vemos que
los sirvió a los creyentes cristianos para configurar su fe y acercarla a
la mentalidad griega y romana, y más tarde, a la de los pueblos
procedentes del Norte de Europa a los cuales los calificaron de
“bárbaros”.
Oremos
para que este proceso de asimilación y acomodación del pensamiento
cristiano, que nunca se acaba, tenga un buen resultado en las Iglesias
jóvenes. Cada país y cada generación tiene sus problemas y la Iglesia
tiene que seguir afrontándolos. Así es y ha sido y continuará siéndolo.
ORACIÓN
Jesús,
tú formaste una pequeña comunidad de seguidores tuyos. Quisiste que
hubiera un grupo reducido que te acompañara a todas partes. Dirigiste a
ellos, en privado, muchas de tus instrucciones.
Ayuda a
los nuevos sacerdotes y rectores de las Iglesias jóvenes a adquirir una
formación cultural y espiritual, que les capacite para vivir ellos y
enseñar a sus compatriotas, el auténtico camino de tus verdaderos
seguidores.
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