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BUENA NUEVA MISIONERA
JESÚS EN LOS CIELOS, ¿Y NOSOTROS?
Solemnidad de la Ascensión - 4 de Mayo del 2008
La fiesta que hoy celebramos de la Ascensión del Señor, nos invita a pensar en la plena glorificación de Jesús de Nazaret. El Hijo de Dios, nacido de Maria, hombre entre nosotros, al resucitar, vive ya junto al Padre. Pensemos hoy en este misterio, difícil, pero maravilloso, para nosotros cristianos es de una trascendencia extraordinaria.
Creer en la ascensión de Jesús, no es creer que Jesús se ha ido lejos, allá arriba, más allá de las estrellas. Es creer que Jesús, hombre como nosotros, ha entrado en la vida íntima de Dios, que resucitado vive con su Padre y el Espíritu. En Dios Trinidad existe ya la presencia de un hombre, Jesús nuestro hermano, Jesús resucitado.
Ascender al cielo es “volver a Dios Padre". Por eso la figura que se utiliza de la ascensión hemos de entenderla más en su significado teológico que en el literal bíblico. La subida de Cristo al cielo no es como la subida de nuestros cohetes; éstos se trasladan constantemente de un espacio a otro, y por más lejanos que viajen por espacios desconocidos nunca pueden salir de las coordenadas de espacio y tiempo. La subida de Jesús al cielo es un pasar, pero del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible, de los seres humanos a Dios. Con su ascensión al cielo Jesús penetró en una realidad que escapa a nuestras posibilidades.
Nadie vive allí si no ha sido resucitado por Dios. Jesús resucitado vive ahora en Dios, está allí donde Dios está, en la plena presencia, también entre nosotros, en amor y felicidad. Cuando proclamamos que Jesús subió al cielo pensamos en todo eso.
Alguno se preguntará qué sentido puede tener para nosotros esta fiesta, en la que Jesús nuestro salvador desaparece de entre nosotros, cuando lo que nos preocupa y nos importa hoy es la solución de los problemas de nuestro mundo tan graves y amenazadores. Necesitamos escuchar su mensaje.
Jesús no se ausenta de nosotros, sino que vive desde Dios una cercanía nueva con nosotros, e impulsa nuestra vida hacia nuestro destino último, que es el suyo. Jesús es el primer ser humano que vive plenamente en Dios, la vida de Dios. Lo que llamamos cielo, en realidad, no es ningún lugar, ninguna estancia, sino el mismo Dios en quien vive presente la persona de Jesús y viviremos nosotros, hermanos suyos, si seguimos el camino que él nos ha señalado. Nosotros y toda la humanidad podemos dirigirnos hacia Dios para vivir por siempre en Él, es nuestro destino. Jesús es nuestro camino, es el fin del camino, Él nos lo dijo.
En la medida en que orientamos nuestra vida hacia el seguimiento de Jesús, de su palabra, de su vida, vamos adentrándonos en Él. Jesús es el lugar último de la reconciliación y de la paz para la humanidad, para todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y edades. Así es como todos tenemos ya en Dios una morada para siempre.
Esto, que será escuchado posiblemente por muchos con sonrisa escéptica, para los creyentes es la realidad que da sentido a nuestra vida y a la apasionante historia de la humanidad.
Es cierto que los creyentes podemos parecer seres extraños en un mundo racionalizado, que solo cree y espera en sus propias posibilidades, en su propia tecnología, en sus propias verdades, en sus propios proyectos de paz y concordia, optimista unas veces y triste y desesperanzado otras según sus éxitos o fracasos.
Los cristianos no podemos sentirnos extraños a este mundo, a sus angustias y esperanzas, este mundo es también nuestro, en él nacemos, vivimos, morimos. Nosotros también lo transformamos. Nuestra fe nos ofrece razones para vivir y para morir en él con esperanza, porque esperamos el encuentro definitivo con Jesús nuestro hermano y con nuestro Dios. Esto no significa renunciar a nuestra vocación terrena, es ser fieles a ella.
Es la misión que hoy escuchamos de nuevo: Jesús insiste a los que quieren seguirle en que hemos de estar presentes en el mundo: “Id a todos los pueblos” les dice. Es un mensaje de paz, de fraternidad que hemos de llevar a nuestro mundo turbado, amenazado y amenazador. Se han encerrado en él muchos odios, muchas injusticias, se ha explotado a pueblos enteros, se ha despreciado a razas, a culturas, ¿cómo extrañarnos de que brote el terror?.
“Poned amor y encontraréis amor”, decía Juan de la Cruz. Cristo nos dice hoy a nosotros: “id y anunciad el evangelio, es mi mensaje de amor a todos los hombres y mujeres, a todos los pueblos”. Es nuestra tarea que hemos de desarrollar de muchos modos. Sin esta esperanza que nos brinda hoy Jesús, nuestra vida cristiana se vacía de sentido, queda privada de su verdadero horizonte.
Hoy se nos dice que ser cristiano, es vivir en este mundo, es encontrarnos ahora con un Jesús lleno de vida, que ha muerto por amor a nosotros, pero que ahora vive, resucitado, y que nos dice: “creed en vuestra vida futura, será como la mía, vuestra vida no termina en la muerte”. Nuestra vida será como la vida que hoy vive Jesús.
Pensémoslo una vez más, la vida del cristiano no es encontrarse con un difunto, con un muerto. Ser cristiano no es admirar a un personaje del pasado, que con su doctrina puede aportarnos alguna luz para la vida de hoy. Ser cristiano es encontrarse ahora con Jesús lleno de vida, cuyo espíritu nos hace vivir, con un Jesús que ha muerto por amor a nosotros, pero que ahora es un ser vivo. El nos asegura que su nueva presencia es presencia en todos y cada uno de nosotros, hoy nos emplaza para que nosotros anunciemos esa presencia: ”id por todo el mundo y proclamad esta verdad, yo estoy siempre con vosotros. Y anunciad esta noticia a todos los pueblos, anunciadles su destino futuro, enriqueceréis así su vida”.
Es una invitación para sobrepasar nuestros problemas y preocupaciones domésticas, para abrirnos al nuevo horizonte de todos los hombres y mujeres que no conocen el gozo de sentirse hijos de Dios y hermanos entre sí. Para ello contamos con la presencia constante de Jesús, que estará siempre en medio de nosotros. Es una llamada a nuestra responsabilidad y a nuestra esperanza. Así es Jesús.
Este último encuentro de Jesús con la primera comunidad cristiana que nos han narrado Mateo y Lucas se prolonga hasta hoy, hasta nosotros. Es la fiesta de hoy.
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